La Fábula de la Casa Abandonada

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El iniciado

En un rincón olvidado del tiempo, bajo un cielo que parecía custodiar viejos secretos, se alzaba una casa silenciosa. En su puerta, aún se distinguían un compás y una escuadra, grabados en hierro gastado por los años. Nadie recordaba quién había puesto aquellos símbolos, pero todos sabían que alguna vez fueron signo de sabiduría y fraternidad.

Durante más de quince años, aquella casa permaneció cerrada, cubierta de hiedra y polvo. Los niños del pueblo, al pasar, la miraban con cierto temor, imaginando fantasmas donde solo había recuerdos dormidos.

Un día, un abuelo caminaba con su nieto por aquella calle. Y el niño, curioso, se detuvo frente a la vieja casa y preguntó:
—Abuelo, ¿qué lugar es este?

El anciano sonrió, con esa mezcla de nostalgia y ternura que solo los años conceden.
—Esta casa, pequeño, fue una Logia masónica. Aquí se reunían hombres que se llamaban entre sí hermanos, buscando la luz del conocimiento y el arte de ser mejores cada día. Pero con el tiempo, la sombra de la discordia, la ignorancia y la avaricia entró por las rendijas. Las malas palabras retumbaron más que el silencio, y el fuego que los unía se apagó. Algunos dejaron de venir; otros, presos de la ira y orgullo se mantuvieron unos cuantos días mas, y ese grupo tan numeroso dejo de mirarse como hermanos.  

Sin embargo aun quedaban 3 o tal vez cinco hermanos que llevaban la masonería y la hermanda en su corazón , pero quedaron triste a ver su templo desolado. Y así se quedo en el tiempo lo que un día fue una casa muy hermosa.

El abuelo – hizo una pausa y dijo —. Así esta casa quedó sola… como un templo sin espíritu.

El niño lo miró con tristeza y el abuelo, entonces, bajó la voz, como si confiara un secreto al viento:

Y recordó que una vez escucho   que un viejo sabio ,uno de los más antiguos de ese grupo habló antes de que cerrara puertas.

Les dijo que debían aprender de las abejas: esas criaturas que trabajan juntas y en armonía en un propósito común. Las abejas no discuten sobre quién es más valiosa, ni se ofenden por el zumbido del otro. Trabajan unidas, cuidando del presente y del futuro de su colmena y de sus vidas. Con su labor constante, transforman la flor en miel, así como el alma convierte la experiencia en sabiduría.

Pasaron los años. Inspirados por esas palabras, algunos antiguos QQ:.HH:. regresaron. Decidieron barrer el polvo del olvido, pintar de nuevo las paredes y restaurar el jardín que la rodeaba. Con manos fraternas y corazones humildes, devolvieron a la Log:. su antiguo esplendor.

Mucho tiempo después, aquel niño, ahora joven, pasó frente a la Log:. restaurada. La miró con asombro y sintió un llamado profundo que, con el tiempo, lo condujo a su propia iniciación.

Cuando el destino lo llevó al Oriente como Venerable Maestro, recordó la historia de la casa abandonada. Entonces, el único hermano que continuaba aún con vida de aquellos que ayudaron a restaurar esa Logia hace tiempo atrás,  le revelo el documento  de  uno de los artífices del renacer había sido un Aprendiz muy  querido, que se convirtió con el tiempo en maestro cuya sabiduría y humildad habían inspirado a todos en esa plancha de las abejas .

El joven maestro comprendió entonces, con lágrimas discretas, que aquel hermano quien fue un día Aprendiz, se sintió inspirado en las palabras del viejo maestro y creo la plancha que inspiro abrir nuevamente el taller:

“Un templo puede caer en el olvido, pero nunca muere si su luz sigue viva en el corazón de quienes lo recuerdan. Así como las abejas vuelven a su colmena, los hombres sabios siempre regresan al lugar donde aprendieron a volar.”

Este trazado fue firmado por mi querido abuelo.

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